Reseña: “El arte en la sociedad burguesa”, Rafael Gutiérrez Girardot

Decía el poeta alemán Hölderlin en su elegía Pan y Vino: “¿para qué el poeta en tiempos de miseria?”. Esta frase marcaba un reto para todos los artistas modernistas y se iba a mantener en el eco de la literatura.

El desarrollo de una nueva clase burguesa comienza a difundirse en la Europa de finales del XIX, gracias en parte a la legislación que permitió la expansión del capital y a la abolición de instituciones feudales como el mayorazgo que impedían la movilidad de la propiedad. Y el llamado Code Napoleón que legalizaba la sociedad burguesa.

Este modelo burgués comienza a imponer sus principios capitalistas y racionales que van a conformar la vida y la mentalidad de la sociedad. Según define Hegel en su libro Lecciones de filosofía del derecho, la “sociedad burguesa” o “sociedad civil”, designa un sistema de valores de los intereses privados, los de la utilidad, los del hedonismo, los del lujo, los de la riqueza, los de la democracia. Estos principios constituyen un sistema de dependencia del individuo por las influencias externas del Estado. Hegel lo llama en su libro Lecciones sobre estética, la “prosa del mundo” para definir un estado en el que el individuo es al mismo tiempo medio y fin de otros individuos.

En este marco social, el artista era relegado a la miseria y su actividad literaria no era la que aseguraba su posición social, considerada como una actividad marginal. La mayoría de ellos tenían que dedicarse a otras profesiones como la de maestro o periodista para ganar dinero.

Contra este “fin del arte”, el artista reacciona rompiendo las convenciones de una sociedad llena de valores antipoéticos. Comienzan a surgir una serie de obras que pretenden colocar al arte en un estatus diferente al tradicional, donde éste representaba la exaltación del espíritu y la integridad del hombre, como en Grecia y en la Edad Media.

La nueva sociedad moderna ha desconectado al hombre de sus valores poéticos y lo obligan a vivir entre la dualidad de una realidad vulgar, terrenal, dominada por los instintos y las pasiones y la idea de libertad y abstracción.

La revolución artística reacciona con un gesto romántico: rechaza la sociedad que lo margina y al mismo tiempo reflexiona sobre su situación en la sociedad, como vemos en la obra de Valle-Inclán, Luces de Bohemia, donde se construye al personaje de Max Estrella, artista, despreciado en estos tiempos. Este gesto de análisis va a suponer la libertad artística y la vivencia de nuevas experiencias. El estilo de la poesía moderna va a rondar en torno a la idea de negación del presente, la nostalgia de otro siglo y la evasión a otros mundos. El artista no huye de la realidad sino que se sumerge en la misma, esa realidad que lo detesta. Marc Fumaroli dice: Evoca recuerdos de seres y cosas que no ha conocido… se evade de la cárcel de su siglo y vaga…

Para conseguir llegar al burgués, el artista utiliza un elemento que Bodelaire llama “la envoltura divertida” que propone una dualidad y una ambigüedad del artista. Flaubert dice en una de sus cartas que el artista moderno debe dividir su existencia en dos partes: “vivir como un burgués y pensar como un semidiós”, como medio para expresar en el mundo burgués sus deseos, pasiones, esperanzas e ilusiones libremente en la obra literaria.

El personaje del burgués era retratado arquetípicamente en muchas de las obras de la época. Benito Pérez Galdós escribe entre 1886 y 1887 el libro Fortunata y Jacinta, que presenta este modelo de situaciones que generaba una clase social: unos “nuevos ricos” surgidos de la explotación del comercio o de la herencia del patrimonio por los hijos de trabajadores.

La figura del “nuevo rico” la va a plasmar Darío en su obra Azul, en el personaje del “rey burgués”, al que le presentan a un poeta y éste lo pone a trabajar de organillero.

Muchos de los tradicionalistas, filósofos e historiadores afirman que el modelo burgués no puede encajar en el mundo hispánico y que no existe una burguesía en los países de habla española. Pero esta fiebre de querer ascender hizo que muchos de los sectores proletarios emigraran a Latinoamérica y Norteamérica a finales del siglo pasado, donde podrían llegar a ser condes a pesar de no tener un linaje aristocrático. Estos burgueses de postín se asentaron en muchas de las grandes ciudades y favoreció el desarrollo de la clase burguesa y sus principios. Luis Orrego Luco dice en su obra La casa grande de 1908:  “la sociedad entera se sentía arrastrada por el vértigo del dinero, por la ansiedad de ser ricos pronto, al día siguiente”.

En la novela Ídolos Rotos de Díaz Rodríguez, el escultor protagonista de la obra regresa a su país después de una estancia en París entre artistas modernistas. Allí tiene un choque con la realidad que revela el “rastacuerismo” de los valores burgueses.

La forma en la que esta sociedad transforma la literatura en lengua española de finales del siglo XIX y principios del XX, viene motivada por esta expansión social que dispara los movimientos modernistas.

La respuesta a la pregunta de Hölderlin “¿para qué el poeta en tiempos de miseria?”, empieza a resolverse tras la reformulación fundada en Kant que proclama que el arte no tiene un “para qué” y que el artista pertenece a “aquellos que no viven en el mundo común y corriente, sino en uno que ellos mismos han pensado e imaginado”. Un mundo contrario a la sociedad racionalizada y burguesa en la que todos son medios de otros y fines para otros. La frase de “el arte por el arte”, propia del pensamiento modernista, reclama un sentido romántico de la vida, una búsqueda de lo infinito, de la utopía, la fantasía y lo sensorial, la carencia de lazos sociales y el desprecio por la vida real: “¡La realidad! ¡La vida real! ¡Los hombres prácticos!… ¡Horror! Ser práctico es aplicarse a una empresa mezquina y ridícula, a una empresa”. (Gotas Amargas. José Asunción Silva)

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